1. Cuando las palabras me encontraron

 En cuanto a mis primeros años relacionados con la lectura, tengo recuerdos fragmentados, pero suficientes para armar el panorama de cómo terminé siendo, entre muchas otras cosas, un lector.

Gente leyendo — IA Dall-E
Leyendo

Ver a la gente leyendo era algo cotidiano, pues hasta las cosas más comunes estaban acompañados de letras: los nombres de las calles, los letreros en las tiendas, los envases, las cajas, los lápices de colores, la publicidad que llegaba a casa, las instrucciones de los aparatos y prácticamente todo lo que nos rodeaba. Después estaban los materiales más específicos de la lectura: periódicos, cuentos, revistas, libros y los textos escolares.

En esto último no hay nada sorprendente… y, paradójicamente, eso es lo sorprendente. Desde la invención de la escritura, siempre se dio que solo un pequeño grupo de personas tuviera acceso a ella y el resto tenía que conformarse con la comunicación oral. Pero en la época y sociedad en que nací, leer ya no era opcional.

Este no es el lugar para extenderme, pero en otras publicaciones hablaré sobre cómo la comunicación oral fue dando paso a la escrita, sobre los narradores que difundían noticias y leyendas entre ciudades, los signos de puntuación, los copistas, quienes ‘leían de vista’ (sí, de vista, no es un error), los que consideraban la escritura un retroceso intelectual para el hombre y algunos temas más.

La escuela y el modelo educativo

Aunque mis padres y yo prácticamente firmamos ese acuerdo de que yo no solo tenía, sino que debía de leer, no había prisa. La responsabilidad de enseñarme a leer no era de ellos; la sociedad ya tenía las escuelas para eso.

Un maestro griego y sus etudiantes — IA Grok
Maestro griego

Tengo que agradecer que no nací en una época donde la lectura dependía de que un maestro viera potencial en mí, ni en tiempos donde la educación era un privilegio para unos pocos. A mí se me permitió entrar a la escuela a una edad establecida, junto con todos los de mi generación, y seguir programas educativos estructurados. Algo similar les ocurrió a mis padres, algo menos similar a mis abuelos y a mis bisabuelos quién sabe si tuvieron la oportunidad de aprender a leer. Es cierto, cuanto más retrocedemos en el tiempo, aprender a leer y escribir era algo difícil de lograr para la mayoría.

El caso es que leer y escribir son habilidades ya de muy fácil acceso para esta generación, que seguramente seguirá siéndolo para las futuras generaciones y que la educación seguirá siendo responsabilidad de las escuelas. Sin embargo, los modelos educativos evolucionarán con el tiempo.

Tradicionalmente, el modelo educativo ha agrupado a decenas de niños en un aula dirigida por un profesor, para aprender las mismas materias, los mismos temas y al mismo ritmo, con el objetivo de que todos avancen de forma conjunta.

Salón de clases tradicional y futurista — IA Grok
Salón de clases

Desde hace años, gobiernos y universidades han colaborado con expertos en didáctica, tecnología y pedagogía para transformar el modelo educativo, hacerlo más eficiente y capacitar a los maestros en estas tres áreas. Gracias a estos esfuerzos, el proceso de enseñanza ha mejorado considerablemente, y hoy contamos con programas educativos de mayor calidad.

Los materiales clásicos como pizarrones, libretas, libros de texto y diccionarios han sido progresivamente sustituidos por dispositivos electrónicos que ofrecen un abanico más amplio de opciones para los alumnos. Además, se ha habilitado de manera controlada el acceso a internet, lo que brinda a los profesores un mundo de posibilidades para impartir sus clases y fomentar la investigación y el aprendizaje colaborativo.

Recientemente, algunos países han comenzado a realizar pruebas en grupos controlados con inteligencias artificiales, bajo la supervisión de expertos y maestros, para desarrollar un modelo enfocado en las necesidades y fortalezas individuales de cada alumno, pero promoviendo la interacción social con compañeros. La idea es que cada estudiante avance a su propio ritmo, se enfoque en lo que mejor desempeña y no se vea limitado por un programa rígido ni la falta de tiempo y atención por parte del profesor.

Niño y holograma de la tierra — IA Grok
Tomando clases

Se trata de un tema con múltiples aristas del que valdrá la pena platicar más adelante.

De estudiante

En fin, ya formaba parte del sistema educativo y debía aprender al mismo ritmo que los demás niños de mi edad. Mis padres y yo estábamos felices… además, para mí, como para muchos otros niños, la escuela era una emocionante nueva aventura.

En la escuela, además de lo divertido que era estar con un gran grupo de niños, los garabatos que antes no entendía comenzaron a tener sentido y comencé a distinguir las letras, un poco después incluso identifiqué palabras. Sentí la necesidad de leer todo lo que veía, me pasaba viajes enteros en coche leyendo las placas de los autos, después, leía cualquier anuncio, y finalmente, todo lo que tuviera palabras. Muy pronto, dejé de pedir que me leyeran, y comencé a leer por mi cuenta.

Anuncios en las calles

Amplié mis lecturas, pasando de los cuentos para colorear a todo lo que tuviera caricaturas: las tiras cómicas del periódico, a las que llamábamos “los monitos”, y los cuentos de los puestos de revistas. Todo esto, por supuesto, acompañado de los libros escolares, que no eran opcionales.

Los cuentos eran muy baratos y, a veces, los fines de semana nos compraban algunos en los puestos de periódicos, de los dirigidos a niños, como Archi o La Pequeña Lulú. De vez en cuando aparecían cuentos sobre deportes, fantasmas u otros temas, pero eran un poco más caros, así que no siempre lográbamos que nos los compraran. En ese entonces no entendía por qué estos últimos dejaban de aparecer sin ningún aviso; eso solo lo supe mucho después.

Cuentos de Editorial Novaro

Les cuento que uno de los atractivos de ir a la peluquería era la mesita con periódicos, revistas y cuentos. Se convertía en una carrera contra el reloj para leer la mayor cantidad posible antes de irnos. Con el tiempo, en la mesita solo quedaron periódicos y revistas… de alguna manera, los cuentos se transformaron en cómics y terminaron convirtiéndose en un lujo que ya no llegaba a las peluquerías, ni tampoco a los puestos de periódicos.

En casa casi siempre encontraba una revista para hojearla. No digo leerla, porque al principio lo que más me llamaba la atención eran las imágenes, especialmente las de las revistas de viajes o de manualidades.

Con el tiempo, me empezaron a interesar las revistas sobre naturaleza, ciudades, ciencia, historia o arqueología. Pasé de mirar las fotos a leer los encabezados y las descripciones, y poco a poco comencé a leer algunos artículos.

Un puesto de periódicos — IA Grok
Un puesto de periódicos, revistas y cuentos

Las revistas — esas sobre artistas, famosos, temas románticos, chismes y demás — nunca me gustaron. Afortunadamente, en mi casa casi no se compraban. El verdadero terror surgía cuando visitábamos a alguien y, inexplicablemente, eran lo único disponible para leer, mientras los demás veían programas terribles o repetidos en la televisión. Entonces, tenía dos opciones: leer esas revistas o buscar algo que hacer… y casi siempre terminaba haciendo algo por lo que me regañaban. ¡Qué fácil habría sido tener algo decente para leer y evitarlo!

Esto me recordó los números de teléfono a los que podías llamar para escuchar noticias o chistes… el problema era que cada llamada tenía un costo adicional en la factura telefónica. Supongo que muchos niños los marcamos, pero nuestros padres se encargaron de que no lo volviéramos a hacer.

Niño riendo — IA Grok
Chistes por teléfono

Bueno, hay una revista que no tiene nada que ver con las otras: Selecciones. Esa revista me acompañó durante toda mi infancia y me encantaba. De niño, no la buscaba para leer los artículos, sino porque al final de estos siempre había un chiste, una frase célebre o algún dicho. Además, tenía secciones dedicadas exclusivamente a chistes y anécdotas. Con el tiempo llegué a leer los artículos, pero de niño, jamás. Estoy seguro de que varios familiares estaban suscritos a ella, porque había ejemplares por todas las casas, y algunos hasta repetidos. Además, tengo la impresión de que nadie se atrevía a tirarlos, por muy viejos que estuvieran. Si alguien empezaba a leer en otra casa un ejemplar que no fuera de los más recientes, era costumbre llevárselo para seguir leyéndolo.

De las enciclopedias

En mi casa, en algún momento aparecieron las enciclopedias. Digo aparecieron porque no puedo recordar cuándo llegaron; las tengo presentes desde siempre. Pero, al revisar la fecha de publicación de algunos tomos, me doy cuenta de que llegaron después de mí.

También es posible que lo hicieran en etapas o que alguno de mis padres las hubiera traído consigo al casarse. Mis recuerdos no me ayudan, así que prefiero dejarlo en que aparecieron y, para simplificar, consideraré que se adquirieron pensando específicamente en mí y mis hermanos.

Enciclopedia para la escuela

De esas enciclopedias, unas seguramente fueron para ayudarnos durante la etapa escolar: el Diccionario Enciclopédico UTEHA y la enciclopedia QUILLET, que ciertamente dieron una buena batalla a los trabajos escolares durante varios años.

Las otras, supongo, estaban pensadas para acompañarnos como niños y futuros jóvenes: El Nuevo Tesoro de la JuventudLa Biblioteca JuvenilMis Primeros Conocimientos y El Mundo de los Niños.

Enciclopedias para jovenes

La verdad es que el motivo por el cual adquirieron unas y otras me lo estoy inventando; es algo que hasta ahora me cuestiono, porque de niño ni se me ocurrió preguntar. Mi mamá trabajó en la Editorial Patria y conocía a los editores, así que es muy probable que haya sido una recomendación de ellos. También podría ser que un vendedor de enciclopedias se las mostrara y los convenciera. Es algo que ya nunca sabré.

Ni qué decir que El Mundo de los Niños fue mi primer gran favorito. Tiene 15 tomos, pero los que realmente leí y releí cientos de veces fueron del 3 al 7, que contenían cuentos y narraciones. Los dos primeros, dedicados a poemas y rimas, poco me atrajeron. Los ocho tomos restantes, junto con las demás enciclopedias, no me interesaron en ese momento. En esa época leía cuentos de unas cuantas páginas; los libros todavía eran cosa de los mayores.

Después descubrí dos cosas: que El Nuevo Tesoro de la Juventud incluía varias secciones con cuentos o relatos sobre personajes y hechos históricos, y que, aunque la Biblioteca Juvenil estaba formada por libros de más de 300 páginas, tenía uno titulado Cuentos de Andersen, que era precisamente eso, una colección de cuentos. Eran más largos que los que yo estaba leyendo, pero seguían siendo cuentos, así que me lancé también sobre él.

Christian Andersen rodeado de sus cuentos — IA ChatGTP
Cuentos de Andersen

Yo era un niño al que le gustaba leer, pero las lecturas muy largas no era tanto que me causaran temor, sino que ver tantas páginas me aburría antes de comenzarlos. Por ejemplo, en Cuentos de Andersen estaba el cuento de La Reina de las Nieves y me parecía eterno. Intenté leerlo varias veces, pero la narración nunca me atrapó; me cansaba y lo dejaba a medias. De cualquier forma, leí tantas veces esos libros, que esos tomos de El mundo de los niños y el de Cuentos de Andersen quedaron irremediablemente maltratados.

Aunque es un hecho el que aprendí a leer en la escuela primaria, creo que sólo leíamos lo que venía en los libros de texto. Por más vueltas que le doy, no recuerdo que nos hayan puesto leer algún libro. Si puedo decir que, en el quinto año, nos pidieron el SENDA 5, un libro con cuentos cortos muy bueno, que terminé antes del primer día de clases y que disfruté mucho leyéndolo y releyéndolo, pero a este lo considero como material de apoyo para la lectura o cuentos cortos, pero no un libro como tal.

¿Qué recuerdo de mi familia con respecto a la lectura?

Lo primero que viene a mi mente son mis padres. La imagen más nítida que tengo de ellos en su cuarto por las tardes es la de ambos recostados, leyendo cualquier cosa. Fuera de su cuarto, solo los recuerdo con el periódico en las manos.

A mis tías las evoco leyendo, sobre todo, revistas, aunque también uno que otro libro… algunos muy buenos que ya desempolvaré en otra publicación para platicar sobre ellos. A mis tíos, en cambio, solo los recuerdo leyendo el periódico, nunca un libro. Si lo hicieron, fueron muy discretos, jaja.

Mi hermano mayor, por lo general leía únicamente lo que le dejaban en la escuela, pero también recuerdo que leyó varios otros libros. La cosa es que era un proveedor involuntario de mis lecturas, pues yo siempre terminaba leyendo todo lo que él leía. Lo que sí puedo asegurar es que, si le dejaban leer algo que no le llamaba la atención, acudía de inmediato al Mil Libros. Ese, puedo jurarlo, es un libro que nunca leí, me decía que, si leía cualquier libro allí resumido, me quitaría el gusto de leer después ese libro.

Déjenme comentarles que, de niño, yo daba por sentado que en Mil Libros estaban los resúmenes de todos los libros que existían, algo que me pareció aún más evidente cuando encontré una edición más reciente, que ya consistía en dos volúmenes. Después de verlo por años en el librero, me surgió la duda de dónde habrían sacado todos esos resúmenes, así que investigué un poquito… y descubrí que todos los había escrito su autor, Luis Nueda. Eso no me lo esperaba: alguien que había leído todos esos libros y que, además, se acordaba del contenido de cada uno. Bueno, el libro se ganó todo mi respeto… pero nunca lo he usado.

A mis otros hermanos y primos los recuerdo leyendo cuentos, pero no logro visualizarlos con un libro en las manos. Probablemente, al ser yo un poco mayor, ya había leído cualquier libro que tomaran, y por eso no les presté atención. Mi hermana me contó que mi mamá y mis tías los sentaban varios días a leer por un rato. Entre los que recuerda están Tom Sawyer y Robinson Crusoe… Bueno, a mí no me invitaban, seguramente yo estaba en otra parte leyendo por mi cuenta.

En resumen, la escuela me dio las bases para leer, ver a los adultos leyendo me hizo pensar que todos leían y tener material de lectura que me interesaba me permitió leer a mi propio ritmo.

Sin embargo, esas tres cosas no son raras, y seguro algo muy similar le pasó a la mayoría de los niños de mi edad… y, sin embargo, muy pocos de ellos hicieron de la lectura un hábito.

Bueno, yo ya había tomado vuelo y seguí leyendo.

¡Que tengan la mejor de las suertes!

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