2. Al fin llegan los libros

 

En la primaria

Ya hablé en otras publicaciones sobre cómo fui formándome como lector, del entorno que me rodeaba cuando era niño y de mi manera particular de adentrarme en la lectura. Conté cómo pasé de las frases cortas que aparecían bajo cada imagen de las revistas para colorear a leer publicaciones infantiles, tales como los cuentos de Archi, El Pájaro Loco y otras más. Posteriormente, gracias a las enciclopedias, comencé a leer cuentos cortos, disfrutando de los relatos de los hermanos Grimm, las fábulas de Esopo y los relatos de Andersen.

Los cuentos de El soldadito de plomoHansel y GretelLos músicos de BremenRip Van Winkle o las versiones resumidas de Robin Hood o Ali Babá y los 40 ladrones ya habían comenzado a acompañarme. Sin embargo, los libros que había en casa seguían pareciéndome enormes y… aburridos.

Con el tiempo, comenzaron a comprarnos algunos cuentos cortos o revistas, de esas que aparecían de vez en cuando en los puestos de periódicos o en los supermercados. Recuerdo una en particular, relacionada con el espacio, que mediante dibujos explicaba diferentes componentes de nuestro universo: la Vía Láctea, planetas, cometas, lunas y los artefactos que usábamos para la exploración espacial, como trajes espaciales, cohetes y satélites.

Aurora boreal — Grok IA
Aurora Boreal

Menciono esa revista porque me impactó la imagen de las auroras boreales; parecían algo mágico y quedó muy grabada en mi memoria. Hasta la fecha, las auroras boreales me siguen encantando, y esa imagen de hace años la conservo muy presente.

Sin embargo, fuera de eso, no hubo nada especialmente trascendente en esas publicaciones, ni siquiera las conservamos. En esa época, todavía no existían editoriales especializadas en libros infantiles como El Naranjo o Barco de Vapor, pues comenzaron sus actividades hasta los años noventa. Tampoco contábamos con autores tan increíbles como Francisco Hinojosa escribiendo para niños.

Nuevos libros

Al ver en casa que solo leíamos cuentos y las narraciones de las enciclopedias, decidieron comprarnos algunos libros en sus versiones infantiles o juveniles, específicamente de dos series: Historias Infantiles Bruguera, que intercalaba una página de texto y una ilustración, y Los Clásicos de Oro Ilustrados de Novaro, que eran resúmenes de libros originales en menos de cien páginas con muy bonitas ilustraciones.

Historias Infantil Bruguera

Yo tenía ocho o nueve años cuando llegaron y, prácticamente, me cambiaron el mundo. Aunque los cuentos cortos me fascinaban, estos libros eran otra cosa, pues no solo era leerlos, sino que podía sumergirme por completo en las aventuras. Mi mente jugaba conmigo: me metía en la historia, cambiaba la trama, creaba nuevos pasajes y muchas cosas más… algo que sigue haciendo, por mucho que pase el tiempo.

Clásicos de Oro Ilustrados Novaro

Le doy muchas vueltas al intentar dilucidar cuál fue el primer libro que leí. Los candidatos, es decir, los libros que llegaron juntos a casa fueron Tom SawyerLa isla del tesoroMoby DickUn capitán de 15 añosIvanhoeViaje al centro de la TierraLos tres mosqueterosDueño del mundoRobin HoodLos hijos del capitán GrantLa vuelta al mundo en 80 días y Ben-Hur.

Yo siempre termino diciendo que fue Tom Sawyer y probablemente lo sea, pero Los tres mosqueteros y La isla del tesoro también pudieron serlo. En fin, no eran tantos libros ni eran las versiones de cientos de páginas; sin embargo, fueron un buen comienzo.

De allí a que se compraran más libros pasó algo de tiempo. Creo que fue hasta que mi hermano entró a la secundaria cuando aumentó el número de libros que adquiríamos.

Pero, con los pocos libros que tenía, ya comencé a hacer distinciones. Ivanhoe y Ben-Hur no me gustaron; aunque los leí más de una vez, me resultaban aburridos. Moby DickUn capitán de 15 años y Dueño del mundo los leía, pero no me emocionaban.

Los otros libros, en cambio, eran lo máximo. Los leí y los volví a leer no sé cuántas veces. Las portadas se rompieron, las hojas se despegaban, pero se arreglaban con cinta adhesiva y los volvía a leer… eso sí, sin dejar de lado la lectura de mis cuentos.

En ese tiempo, una tía me regaló un libro por mi cumpleaños. Ahora me parece extraño que, a pesar de cuánto me gustaba leer, fuera de ese regalo, nadie más me obsequiara libros. Seguramente esto se debe a que a los niños les suele gustar recibir juguetes, rompecabezas y cosas por el estilo, así que, si alguien les da ropa o libros, fácilmente puede convertirse en persona no grata.

Regresando al libro que me regalaron, solo puedo decir que me fascinó. Su título era Cuentos populares rusos. La forma en que estaban estructurados esos relatos y la manera en que los personajes se relacionaban eran muy diferentes a los otros cuentos que había leído. Además, descubrir que Rusia había estado gobernada por zares, conocer a la temible bruja Baba-Yaga, lo peculiar de sus nombres y muchas otras cosas convirtieron su lectura en una experiencia muy especial. Ya hablaremos más delante de cómo estos cuentos se habían perdido y su autor tuvo que hacer maroma y teatro para recuperarlos.

Retomando las enciclopedias

Ya con ese “entrenamiento”, me decidí a aventurarme con los libros de La Biblioteca Juvenil. De esa colección, solo había leído el de Cuentos de Andersen (que para entonces ya estaba bastante maltratado por el uso) y comencé con las versiones completas de mis favoritos: Las aventuras de Tom SawyerLos tres mosqueteros y La isla del tesoro.

Era genial ver cómo lo que había leído y visto resumido en unas cuantas páginas se extendía ahora en varias hojas o incluso en capítulos enteros. Todos los detalles que se habían omitido me parecían fascinantes… pero siempre me gustó que un libro tuviera algunas imágenes.

A partir de ese momento, decidí no volver a leer una versión corta de un libro, pero sí buscar una versión ilustrada para disfrutar después de la lectura completa. Son una combinación genial.

Sin embargo, tuve algunos problemas. Como ya había visto la película de Robinson Crusoe, simplemente no me daban ánimos para comenzar el libro; la verdad es que no esperaba que pudiera superar la película, que me había gustado mucho. Era el típico: “¿Para qué?”.

Con Moby Dick, ya había leído la versión infantil y no fue precisamente mi favorita, así que ese libro de más de 800 páginas no me llamaba nada la atención. El libro de Ivanhoe ni siquiera lo toqué; no me había gustado antes y estaba seguro de que no era lo mío.

Con el libro de Marco Polo, después de unas cuantas páginas, también interrumpí su lectura. La historia simplemente no lograba entrar en mi cabeza. Me adelantaba varias páginas para ver si lo que seguía parecía más interesante, pero nada lograba captar mi atención.

Y, finalmente, estaba ese otro monstruo de más de 800 páginas: La isla misteriosa. De su autor, Julio Verne, me gustaban los libros que ya había leído, pero este otro se veía interminable. No hubo manera. Esos cinco libros seguirían cerrados… algunos por un tiempo, y otros siguen cerrados hasta la fecha.

Bueno, mucho de cuentos y novelas, pero era un niño y este mundo tenía demasiadas cosas por las que interesarse… así que comencé a mirar las otras secciones del Nuevo Tesoro de la Juventud y también le di oportunidad a las otras enciclopedias. Ni qué decir que la de Mis primeros conocimientos se volvió una de mis favoritas. Comencé a tomarle el gusto a leer de temas que me parecían de los más interesantes: Mis primeros conocimientos de magia, béisbol, astronomía, serpientes, animales prehistóricos, perros, caballos, y un largo etcétera.

Mis primeros conocimientos Grolier

Poco después, estaba realizando trucos frente a familiares o amigos, decidiendo con mis hermanos cuál era el mejor perro para la casa o eligiendo qué caballo tendríamos cuando fuéramos dueños de algún rancho.

Estando en los Scouts, aún como Lobato, nos enteramos de que en la próxima semana Scout se incluiría un torneo de béisbol, un deporte del que no sabíamos casi nada. Así que, armados con Mis primeros conocimientos de béisbol, formamos nuestro equipo, aprendimos las posiciones, cómo lanzar la bola y otras cosas. Quedamos en un honroso segundo lugar, no porque fuéramos muy buenos, sino porque los otros eran muy malos, pero eso sí, gran parte del éxito se lo debíamos al libro.

Con el Nuevo Tesoro de la Juventud comenzaron a interesarme las otras secciones, así que empecé a leer sobre países, inventos, ciencia, el libro de los “POR QUÉ” e incluso las secciones de idiomas, en las que ponían los textos en español, inglés y francés.

Del UTHEA y del QUILLET, a veces me ponía a hojearlos hasta encontrar algún tema que me interesara y me ponía a leerlo. Fue en esa época cuando comenzó a llamarme la atención leer las biografías de algunas personas, así como los detalles de diferentes culturas alrededor del mundo, algunas con nombres tan extraños que me costaba ubicarlas en un mapa, sobre todo porque muchas de ellas ya no existían.

Hablar de libros no es para todos

En los últimos años de la primaria, me resultaba extraño que mis compañeros no hubieran leído libros como Tom SawyerLa isla del tesoro o El mago de Oz, pues los títulos de las colecciones claramente indicaban que eran clásicos. Con mi percepción infantil, pensaba que todos los niños deberían haberlos leído, pero al preguntarles a mis amigos, ninguno lo había hecho. Siempre cabía la posibilidad de que los lectores no estuvieran entre mis amigos o que estuvieran en otro grupo. La sorpresa llegó cuando, al preguntar a los profesores, me respondían que conocían esos libros, pero que no habían tenido tiempo de leerlos, o decían que los habían leído hace tanto tiempo que ya no los recordaban. Así fui dándome cuenta de que, aunque mucha gente, incluidos los maestros, pregona la importancia de la lectura e incluso da indicaciones sobre cómo hacerlo — como leer 20 minutos al día y establecer un horario específico — , pocas veces predican con el ejemplo.

En fin, como a nadie le interesó mi rollo sobre los clásicos, y a mí tampoco me preocupaba lo que hicieran con su tiempo, dejé de tocar el tema de los libros y me uní a las conversaciones sobre caricaturas, películas y series que pasaban en la televisión, pues eran temas que interesaban a todos y que a mí también me gustaban. Hablamos sobre las caricaturas de Moby Dick, la espectacular serie Las nuevas aventuras de Huckleberry Finn y la película de El mago de Oz, dejando que los libros relacionados con estos temas fueran, al final, solo algo personal.

Las nuevas aventuras de Huckleberry Finn

Antes de terminar con la primaria, me permitiré hacer un reclamo que he tenido de por vida. A pesar de que, en cuentos como ArchiLos Patos de Disney o prácticamente en cualquier historia ambientada en una escuela, al realizar sus “investigaciones” todo lo encontraban en la biblioteca… mi escuela no tenía biblioteca. Pero, en fin.

En resumen, durante la primaria, pasé de emocionarme por leer las placas de los autos a poder leer casi cualquier cosa, y eso resultaba de lo más interesante. Consideraré hasta el 5.º grado como el cierre de mi historia como alumno de primaria, ya que el 6.º grado se traslapa demasiado con la secundaria; ya platicaré por qué. Así que, mejor, pondré aquí punto final a mi experiencia en la primaria.

Secundaria

Secundaria 88

Mi hermano entró a la secundaria. Así que, además de los libros de texto, comenzaron a dejarle libros para leer. Era mi hermano mayor, así que, obviamente, no me dejaba tocarlos… al menos no al comenzar las clases. Después, yo les platicaba — no sé si a él, pero sí a sus amigos — los finales de algunos libros cuando se acercaba el examen y ellos no los habían terminado.

Aquí mi mente es una revoltura, porque, como a él le dejaron leer libros que luego también me dejaron leer a mí, y como ambos comenzamos a interesarnos por otro tipo de lectura que no dejaban en la escuela, ya no sé cuáles eran títulos escolares y cuáles no. Todo esto sucedió en los setenta, así que nada que ver con lo que se deja o se puede leer hoy en día. Ya quisiera yo que me hubiesen dejado leer Narnia o Harry Potter (el primero de Narnia se publicó en 1950 en inglés, pero hasta 1993 en español… así de lento se movían antes las cosas).

De lo que recuerdo que nos dejaron en la escuela, están Platero y yoCanekLa Navidad en las montañasEl carretero de la muerteEntremeses cervantinosEl Lazarillo de TormesFahrenheit 451El retrato de Dorian GrayLas aventuras del Barón de MünchausenEl llano en llamas y, como caso especial, Don Quijote de la Mancha.

Siento que son pocos libros para los tres años de escuela, pero la verdad, tampoco es que leyéramos mucho. Puede ser que haya olvidado algún libro, pero no lo creo. Tampoco entendí por qué no nos dejaban leer los cuentos que yo ya había leído en la primaria. Pregunté y recibí todo tipo de respuestas: que eran libros enfocados a un público infantil, que el lenguaje que manejaban era arcaico y no coincidía con lo que se estaba enseñando, que se promovía a autores latinoamericanos o que se buscaban lecturas que fomentaran el pensamiento crítico.

Bueno, probablemente tenían razón, sobre todo considerando que, para muchos de mis compañeros, leer era todo un calvario. Así que, si la gente experta en esas cosas tenía su plan, por mí estaba bien. Pero, si en la primaria no los dejaban porque apenas se estaba comenzando a leer y en la secundaria no se ajustaban al plan de estudios, ¿entonces cuándo se leerían?

Escribí que Don Quijote de la Mancha era un caso especial. Esto es porque, considerando que no es un libro fácil de leer en la secundaria, la maestra propuso dedicar el final de cada clase de los viernes para que un equipo leyera un capítulo en voz alta mientras los demás escuchábamos.

La propuesta era buena, pero en la práctica pronto dejó de funcionar. Por muchas ganas que le pusieran los del equipo para realizar su lectura, incluso colocando cartulinas con dibujos relacionados en el pizarrón, pocos leían de manera que se les pudiera seguir sin quedar adormilados. En otras palabras, éramos muy malos leyendo, así que, en cuanto perdíamos el interés, nos poníamos a hacer otra cosa.

La maestra, a veces, atacaba a mitad de la presentación con preguntas que casi siempre terminaban en un derramamiento de ceros. Al acercarse el fin del año escolar, como era costumbre, los maestros tenían problemas para cubrir el temario, y aquel espacio de lectura fue cediendo su lugar a otros temas. Ni qué decir que nunca llegamos a terminar la lectura del libro.

En la primera publicación mencioné que en mi casa había libros que yo consideraba para grandes y a los que no les dediqué ni dos miradas. Entre ellos estaba El Quijote en cuatro tomos. Tanto se habló en clase de la importancia de este libro — considerado por algunos como la obra más grande de la literatura española y a Cervantes como el mejor escritor de todos los tiempos — que me lo tomé como un reto personal leerlo.

Para mi sorpresa, el libro me atrapó desde las primeras páginas y no hubo tiempo libre que no aprovechara para seguir leyendo. En poco tiempo terminé la primera parte, y desde ese día estuve de acuerdo: El Quijote es realmente increíble.

Durante la primaria no recuerdo haber pedido que me compraran un libro; todo giraba alrededor de los que ya teníamos en casa. Pero en la secundaria, como nos enseñaron a pedir libros de lectura para la escuela, también aprendimos que podíamos pedir libros que no fueran necesariamente para las clases. Mis papás pronto se dieron cuenta de que era peligroso acercarse a lugares donde vendieran libros, porque yo siempre encontraba alguno interesante y, a diferencia de los cuentos, los libros no son baratos. Un gran problema para los adultos es que siempre resulta difícil decirle que no a un niño que quiere un libro para leer; no hay que olvidar que casi todos ellos quieren fomentar y reforzar los hábitos de la lectura de los niños.

Así que comenzaron a llegar otro tipo de libros, la mayoría por recomendaciones y otros cuantos porque me llamaron la atención. Recordar todos los títulos a partir de ese momento está de locos, pues su número, aunque creció lentamente al principio, fue aumentando considerablemente. Por eso, mencionaré los que, casi con seguridad, fueron los primeros.

De las recomendaciones de familiares:

El Principito, un libro que encontré en casa de una tía y que me tuvo horas leyendo y releyendo sus capítulos, pues tiene algo tan especial que mete ideas en tu cabeza a las que no puedes dejar de darles vueltas.

El tercer ojo, que no recuerdo quién lo trajo, pero que todos comenzamos a leer, a comentar y a buscar los otros libros del autor. Esta obra causó mucha polémica, pues el autor juraba ser la rencarnación del protagonista y sus detractores demostraron con solidos argumentos que se trataba de un engaño. Quitando ese “pequeño” detalle, es una obra que mostró cómo era la vida en el Tíbet y es muy interesante y entretenida. El mismo Dalai Lama comentó de ella, además de otras cosas de las que ya platicaremos, que gracias a esta obra el mundo conoció sobre la cultura del Tíbet y como se dio la invasión China a su territorio.

De recomendaciones de amigos:

Colmillo Blanco, aunque también puede ser que lo hayan solicitado en la escuela, pero de cualquier forma se convirtió en tema de plática con varios amigos, pues conocer la manera en que se vivía en otros lugares del planeta y, obviamente, la relación con un animal salvaje es algo que a todos nos atrajo.

Juan Salvador Gaviota, un libro genial que te convence de salir a volar. He de reconocer que después fue todavía mejor con la música de Neil Diamond y la película que apareció con ella.

Cazadores de microbios, tan sencillo de leer, pero tan bueno que debiera ser lectura obligatoria. Apenas se puede creer que se haya escrito en 1926, pues conforme lo vas leyendo te vas dando cuenta de cuantas cosas incorrectas tenemos por ciertas hoy en día con respecto a los microbios. Gracias a este libro comenzamos a interesarnos sobre temas relacionados con científicos, investigadores y médicos.

Scouts contando cuentos — Grok AI
Contando cuentos en la fogata

El libro de la selva era otro del que nos hablaban todo el tiempo en los Scouts, aunque nadie lo leía, ¡jaja! En fin, lo leí junto con otros cuentos de Rudyard Kipling y, con él, aprendí que, aunque no a todos les gusta leer, casi a todos les gusta que les cuenten historias. En varios campamentos, me la pasé narrando sus cuentos.

Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Casi estoy seguro de que lo trajo mi hermano cuando ya estaba en la preparatoria, pero yo también comencé a leerlo. Ahí aprendí algo: no me gustan los cuentos de terror. Los relatos de Poe se escondían dentro de mí y me acompañaban por días. Lo malo es que son tan extraordinariamente buenos que no podía dejar de leerlos, así que me tocó sufrir.

De los primeros libros que adquirimos:

20,000 leguas de viaje submarino y Cinco semanas en globo, porque además de que ya nos habían gustado otros libros de Julio Verne, mi papá lo consideraba uno de los más grandes escritores… y no se equivocaba.

El mago de Oz, del que por error compré una versión corta porque me encantó la portada. Pero no me arrepiento, ya que los dibujos que la acompañaban son geniales. Después compré versión completa y también la ilustrada, y disfruto leer cualquiera de ellas.

La guerra de los mundos. Había un cuento corto inspirado en esta novela incluido en el libro Senda 5, que me pareció de lo más interesante, aunque en la primaria hablamos poco de ella. En familia, la conversación sobre la obra surgió principalmente por la emisión radial de Orson Welles y la genial forma en que termina la novela. En pocos días, ya tenía el libro en mis manos. Ha sido un tema de plática con mucha gente, especialmente cuando proyectaron la película… la de 1953, no la nueva.

Por último, 1984, una novela que no sé cómo llegó a casa, probablemente uno de los libros que leyeron mis papás cuando éramos niños. La leí y no entendí ni la mitad, sin embargo, me dejó muy impactado la narración. Obviamente tendría otra oportunidad algunos años después, pues es una obra realmente muy buena.

Ya para ese entonces el tamaño de los libros dejó de preocuparme tanto, no negaré que sigue siendo un factor que sigo considerando, pero ya es una mala costumbre. Me cuesta más trabajo comenzar La catedral junto al mar con sus casi 700 páginas, pero no me lo cuestiono al comenzar la saga de Magisterium que consta de 5 libros y de seguro suman muchas más páginas. 

Rovinson Crusoe

En fin, volví a considerar los libros que había dejado pendientes de la biblioteca juvenil, y ahora sí leí Robinson Crusoe. Aquella frase que había escuchado varias veces, de que un libro es mejor que la película, se confirmó de inmediato… pero eso no hizo que dejara de gustarme la película. De hecho, cuando pienso en el libro, recuerdo varios pasajes de la película e incluso lo mucho que en ella no aparece, pero lo imagino con los mismos personajes. Creo que a todos nos pasa igual.

Después, ya pude considerar leer La isla misteriosa, a pesar de la cantidad de páginas que tenía. Aunque desde entonces el tamaño de los libros dejó de ser un factor que me preocupara tanto, no negaré que sigue siendo algo que me inquieta, pero la realidad es que ya solo es una mala costumbre. Me cuesta más trabajo comenzar un libro como La catedral junto al mar, con sus casi 700 páginas, que empezar el primer libro de Magisterium, a pesar de que la saga consta de 5 libros y seguramente suma muchas más páginas.

La Isla Misteriosa

La isla misteriosa, qué libro tan increíble. Apenas llevaba unas cuantas páginas y ya estaba metido de lleno en la historia. Leía parte de un pasaje y.. volvía a leerlo. No sé cuántas veces me regresé para volver a leer algo y no perder detalle. Se convirtió por mucho en mi libro favorito de aquel entonces. Terminé de leerlo y, por primera vez, pero no la última, volví a comenzarlo. En el caso de este libro, es muy diferente la perspectiva cuando ya conoces cómo termina, así que fue igual de emocionante. Igual de emocionante que todas las otras veces que he vuelto a leerlo.

Creo que con esto cierro ya todo lo relacionado con la escuela, pues en la preparatoria seguí leyendo como de costumbre, pero también aumentaron considerablemente las horas dedicadas a estudiar, resolver problemas o realizar trabajos. Es casi seguro que leí más libros que antes, pero también es cierto que una gran mayoría fueron debido a que nos los dejaban leer en la escuela o porque los necesitábamos leer para entender las materias que cursábamos. Aquí es donde vi aparecer otro tipo de lectores, los enfocados en los temas relacionados con las carreras que deseaban cursar.

Libros de ciencias sociales y humanidades

Solo comentaré el caso de los que entrarían al área de humanidades, los de ciencias políticas, derecho y áreas similares, pues comenzaron a leer libros de los cuales, yo apenas podía soportar la reseña. No se imaginan la cantidad de veces que, en segundo de preparatoria, me criticaron por lo insulso de mis lecturas y mi poca disposición para leer temas que eran realmente importantes para la sociedad. Lo bueno es que en tercero de preparatoria ya seleccioné el área de Ciencias físico-matemáticas e Ingenierías, donde, desde entonces, fui encontrando a muchas otras personas que les gustaba la ciencia ficción y la divulgación científica… no muchos compartían mi gusto por la fantasía y otro tipo de novelas, pero no se puede pedir todo en esta vida.

Libros de divulgación científica

¡Que tengan la mejor de las suertes!

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