3. Cosas de lectores
Los libros ya me habían atrapado. Las revistas y los cuentos
seguían siendo parte de mis lecturas, pero los libros eran los amos y señores.
Desde entonces, casi siempre me acompaña uno a todas partes, pues en esta
ciudad moverse de un lugar a otro casi siempre toma mucho tiempo.
Leo cuando voy de pasajero en un coche o en el transporte
público. No recuerdo la cantidad de veces que me dijeron que así solo dañaría
mi vista, pero, como tantas cosas, era solo una leyenda urbana… Ni se me iba a
desprender la retina ni nada por el estilo. A lo más, un poco de cansancio si
había mucho movimiento, pero nada permanente.
Aprendí a caminar leyendo, fijándome en los hoyos, raíces y
al cruzar las calles. A lo más, tuve algunos encuentros con ramas bajas,
ventanas abiertas o personas que se acercaban caminando muy rápido. Ni qué
decir que formarme en cualquier fila era una oportunidad para acumular tiempo
de lectura.
Mucho más adelante, cuando empecé a conducir, solía llevar
un libro en el coche para leer en los semáforos, y también durante las marchas
y embotellamientos. Eso ya terminó, pues aparecieron los audiolibros y los
podcasts, de los que siempre tengo varios descargados. Aclaro que solo los
escucho mientras conduzco, ya que en cualquier otro lugar tomo un libro… nunca
he podido ponerme a escucharlos en casa.
Si estoy esperando a alguien dentro del coche, saco un libro
y apago la música o los podcasts. Sé que existe música para leer y que a
algunas personas les gusta escuchar música mientras leen… Yo, en cambio, no
escucho música ni nada mientras leo; en cuanto empiezo, me desconecto, así que
prefiero apagar todo lo demás. Siempre he dicho que la lectura es un hábito muy
personal.
He llevado una vida común, con actividades similares a las
de los demás: estudios, deportes, scouts, juegos (en la calle, de mesa o
digitales), reuniones, viajes, fiestas, cine, televisión, videos, redes
sociales, entre otras. No me aíslo para dedicar cada segundo del día a la
lectura; disfruto pasar tiempo con otras personas, veo series y películas,
puedo pasar ratos sin hacer nada y me gusta conectarme a internet para
actualizarme o tomar algún curso en línea.
La única diferencia, creo, es que siempre encuentro un
momento para tomar un libro. A veces solo leo unas cuantas líneas, pero también
es común que me sumerja durante horas en la lectura. De joven, solía ir con
frecuencia al diccionario o a las enciclopedias para revisar un dato, el nombre
de una diosa, la localización o historia de alguna ciudad, y cosas por el
estilo. A veces dejaba de lado la lectura principal porque lo que encontraba
llamaba más mi atención, y terminaba leyendo dos o tres cosas al mismo tiempo.
Bueno, eso de leer varias cosas a la vez ahora es lo normal
para mí. En este momento estoy leyendo Por qué recordamos, de
divulgación científica, y al mismo tiempo Sueños y sombras, de fantasía.
Con la llegada de los celulares le dije adiós a las
enciclopedias y los diccionarios, fue genial el poder localizar las cosas de
inmediato, aunque, con tantas referencias, el número de libros pendientes por
leer fue creciendo día a día.
La llegada de las IA también ha sido otro parteaguas. Ya no
solo realizo consultas, sino que también puedo platicar o discutir sobre los
temas con ellas. Si estoy leyendo sobre historia, arqueología o divulgación
científica, un libro suele durarme mucho más por la cantidad de artículos,
imágenes, videos y demás recursos que las IA me van recomendando. No me quejo:
nunca había tenido tanta interacción en mi lectura.
A diferencia de mis otras actividades, la lectura ha sido
para mí una experiencia algo solitaria. En ocasiones coincido con otros
lectores, pero nuestras conversaciones suelen limitarse a recomendaciones de
títulos y autores. A veces llegamos a platicar sobre qué nos ha parecido un
libro o una serie en específico, pero solo muy de vez en cuando profundizamos
en los contenidos.
Interacción con otros lectores durante los estudios
Repasando mis años de estudiante, puedo decir que en la
primaria la interacción con otros lectores fue mínima, si no es que nula. En la
secundaria, si se hablaba de libros, solo era de los que nos habían dejado
leer. Eran lecturas muy rápidas, como La navidad en las montañas, Canek,
Macario o El carretero de la muerte, así que los intercalaba sin
problemas con los que yo estaba leyendo por gusto en esa época.
En la preparatoria, la cantidad de lecturas obligatorias se
incrementó muchísimo: libros de texto, libros de consulta y hasta libros con
problemas por resolver. Además, en varias materias nos bombardearon con libros
que teníamos que leer cada semana. Fue ahí donde descubrí que no me gustaba
leer de todo. Con varios libros me costaba muchísimo trabajo pasar de las
primeras páginas, o peor aún, retener algo de lo que había leído.
Incluso llegué a presentar exámenes sobre libros de los que
solo supe de qué trataban gracias a lo que platicamos entre compañeros, pues mi
mente siempre estuvo en otro lado mientras pasaba las páginas. Una cosa es ser
lector, y otra muy distinta es poder leer cualquier cosa.
Como alumno entendía que había lecturas que no me gustaban,
pero formaban parte de la cultura general, y que, literalmente, no me quedaba
de otra si quería pasar de año. Así que terminé leyendo muchas cosas que nunca
hubiera elegido por voluntad propia.
Fue en segundo de preparatoria cuando más libros nos dejaron
leer. Era el año de las materias de antropología, historia, derecho y
literatura. Sin duda, los alumnos que más se interesaban en esas lecturas, que
más participaban en clase y, sobre todo, que discutían sobre —literalmente—
casi todo, eran quienes pensaban seguir carreras en leyes o ciencias sociales.
En cambio, los que habían decidido estudiar ciencias
biológicas, medicina, física, matemáticas o alguna ingeniería no eran muy dados
a leer cosas fuera de sus intereses. Generalmente soportaban los debates sobre
sociología o sobre cómo se gobernaban los países, pero después de entrar al
área I o II en tercero de prepa, sé de varios que nunca volvieron a tocar un
libro de ese estilo en su vida.
En la universidad, las cosas cambiaron. Como las asignaturas
ya estaban relacionadas con la carrera que elegí, las lecturas que nos dejaban
me resultaban mucho más interesantes. Además, era común que buscáramos otros
materiales relacionados con cada tema. Fue allí donde me encontré con otros
entes raros que, como yo, también leían por gusto, y con que juntos descubrimos
tal cantidad de libros y autores que, desde entonces, supimos que una vida no
nos iba a alcanzar para leerlos todos… y eso que no teníamos en cuenta las
maravillas que se escribirían en los siguientes años.
Algo común entre nosotros era el gran interés por compartir
lo que habíamos leído; todos queríamos que los demás leyeran los libros que nos
habían gustado para poder comentarlos. Pero allí también aprendimos, por las
malas, eso de: “tonto el que presta un libro y más tonto el que lo devuelve”.
Hubo alguien que me regresó, después de al menos treinta años, la serie
completa de los 24 libros de Los Pardaillan (nótese que ni yo se los
había pedido, ni él se acordaba de devolverlos hasta que se topó con ellos).
Lo mejor era recomendar un libro y… esperar que el otro lo
comprara (aunque con algunos amigos nunca hubo ese problema).
Algo que también descubrí por esos años, es que me gusta
mucho todo lo que se escribe con respecto al mundo editorial, pues detrás de
los libros, las editoriales, las bibliotecas y los autores se esconden
historias fascinantes.
En fin, fue una época en la que las conversaciones,
comentarios y discusiones sobre libros se volvieron algo habitual.
Después de la escuela
La etapa escolar llegó a su fin. En esa época, no existía internet, por lo que la comunicación entre nuestro grupo de lectores disminuyó drásticamente. Continué algunos años más trabajando en la universidad y conservé ese interactuar sobre la lectura con las siguientes generaciones. Sin embargo, finalmente me adentré en el mundo laboral fuera del ámbito académico, donde los nuevos retos y responsabilidades ocultaron por un tiempo el hecho de que el hábito de la lectura, una vez más, se volvía algo casi personal.
Hoy en día, el número de personas con las que sigo
interactuando sobre libros se puede contar con los dedos de las manos, y esas
conversaciones son muy esporádicas.
Pensé en integrarme a algunos grupos de lectura, pero los
presenciales quedaban fuera del horario en que yo podía asistir, así que nunca
les di seguimiento. También busqué grupos de lectura en internet, pero los
títulos que proponían no me llamaban para nada la atención. Estaba tan
acostumbrado a dejarme atrapar por los libros en bibliotecas o librerías, que
nunca logré integrarme a ninguno.
Sigo varias páginas relacionadas con la lectura: foros de
editoriales y librerías, canales de booktubers y comunidades en línea,
donde dejo algunos comentarios y respondo a otros. Creo que ha sido la única
manera de seguir conversando con otros lectores.
Conozco a varias personas que, años después de leer un
libro, siguen recordando casi todos sus detalles. La verdad, los envidio,
porque en mi caso, el tiempo borra mis recuerdos sin piedad. Así que, al
repasar los libros que he leído, apenas recuerdo algunas cosas de ellos y
empiezo a tratar de reconstruir la trama. Finalmente, me rindo y los leo por
segunda o tercera vez. Entonces, mientras leo, hay partes que realmente no
recordaba, pero que surgen de algún rincón de mi mente y se adelantan a lo que
mis ojos están leyendo. Es como si mi memoria intentara mostrarme que esos
recuerdos aún están allí, solo que soy yo quien no sabe cómo encontrarlos.
Sé que hay quienes nunca vuelven a leer un mismo libro,
argumentando que, con tanto por leer, hacerlo sería quitarle la oportunidad a
otro libro. Esto es muy cierto, pues el tiempo es un recurso limitado, pero, de
cualquier manera, es algo que yo no puedo aplicar. Como les mencionaba, hay
muchos libros que reavivan ese deseo de revivir su historia o aventura,
atrapando nuevamente mi tiempo de lectura.
Al repasar la lista de libros que he leído más de una vez,
me doy cuenta de que es bastante larga. Entre ellos se encuentran Los tres
mosqueteros, La isla del tesoro, Corazón de piedra verde, Introducción
a la Ciencia, Odisea 2001, El fin de la eternidad, El
premio Nobel, Dunas, Narnia, La historia interminable,
El tercer ojo, Memorias de Idhún, Perdón imposible, Harry
Potter, El libro de la selva, La isla misteriosa, Ready Player
One... y la lista sigue y sigue. Coincido en que una vida no es suficiente
para leer todo lo que uno quisiera, pero ¿qué se le va a hacer? Sé que, de vez
en cuando, volveré a leer algunos de esos libros por enésima vez. Si al menos
tuviera la certeza, como el abogado Edmondo Ferro de La biblioteca de los
susurros, de que los lectores, tras su muerte, pasan la eternidad como
fantasmas de bibliotecas leyendo sin cesar, entonces esta preocupación no me
importaría.
De platicar sobre libros
Así como me gusta leer, también disfruto el platicar sobre
lo que he leído: los detalles de la narración, las alternativas a la historia
que se me ocurren mientras leo y todo lo que gira en torno a esta afición por
la lectura. Aclaro que, por lo general, debido a la falta de personas
interesadas en estos temas, suelo hablar conmigo mismo. Claro que hay algunos
libros o temas muy populares sobre los que es fácil conversar, ya que mucha
gente los menciona, sigue los comentarios de los autores, discute las opiniones
de otros y lee lo que se publica en los grupos de seguidores. Tal es el caso de
Harry Potter, El señor de los anillos, Juego de tronos, El código Da Vinci, Hábitos
atómicos, El principio 80/20 y Muchas vidas, muchos maestros, entre otros. Sin
embargo, qué difícil es platicar sobre libros como Tom Sawyer, El libro de la
selva, Un mar sin estrellas, Como los cuervos, Veinte años después, El país de
las sombras largas, El infinito en un junco, Cazadores de microbios, Perdón
imposible o La biblioteca del monte Char. Aunque son libros que se vendieron
bien, si los mencionas en una reunión, difícilmente alguien comentará al
respecto, o si existe alguna versión cinematográfica, lo único que se discutirá
será esa.
Sobre el hábito de la lectura se han escrito tantas cosas a
favor que mencionarlas aquí sería innecesario, pero vale la pena aclarar que,
por muchas ventajas que tenga, no es algo que atraiga a todas las personas ni
algo que todos disfruten. Se aprende a leer, se leen los libros que dejan en la
escuela, se utilizan los libros requeridos para las actividades que realizamos,
y ahí es donde se detiene el interés de la mayoría. No sienten el impulso de
pasar el tiempo con otro libro, e incluso algunos preferirán esperar a ver la
película. Como hay una presión constante de varios sectores de la sociedad que
repiten el mantra de "lee, lee, lee", la mayoría ya tiene preparadas
respuestas para preguntas como "¿cuáles son los últimos libros que leíste?"
o "¿qué libro estás leyendo actualmente?", pues no contestarlas casi
siempre envía una mala señal, incluso entre amigos, compañeros o en una
entrevista de trabajo. La realidad es que cada uno debería ser libre de leer,
leer poco o incluso no leer, pero sería ingenuo no reconocer que la sociedad
actual aplaude en gran medida este hábito.
Alternativas a la lectura
Cuando dejas atrás la escuela, sin importar el nivel,
existen varias alternativas muy buenas a los libros para actualizarse,
capacitarse, enterarse de novedades o mantenerse al día con los temas de moda
(incluso para saber todo sobre los nuevos libros sin necesidad de leerlos). Lo
repito: leer libros es opcional."
Por cierto, hace algunos meses intenté recordar algunos
conceptos sobre límites en cálculo diferencial. Así que, cuando tuve algo de
tiempo libre, desempolvé mis libros de Apóstol, Spivak y Granville. Pero antes
de comenzar a trabajar con ellos, decidí buscar en internet qué recursos había
disponibles, y, como era de esperar, encontré mucha información y decenas de
cursos. Fue entonces cuando me topé con el sitio de Khan Academy, una
plataforma que, en mi opinión, supera con creces a otras opciones. Comencé a
tomar los cursos sobre Límites y Continuidad… ¡Simplemente genial! Las
explicaciones son claras, los ejercicios prácticos son variados, puedo avanzar
a mi propio ritmo, y los maestros repiten los conceptos tantas veces como sea
necesario (¡estos no se cansan!).
¿A qué viene todo esto? A confirmar que las alternativas a
los libros son reales y muy valiosas. Regresé mis tres libros a sus estantes,
seguí explorando los cursos de límites hasta alcanzar mis objetivos y me lancé
a estudiar otros temas que despertaron mi curiosidad. Ya encarrerado, me
sumergí en la búsqueda de más opciones y encontré plataformas con cursos
universitarios, como EdX. Universidades que jamás imaginé pisar se convirtieron
en mi aula virtual, donde completé diversos cursos, incluyendo uno fascinante
sobre las Pirámides de Giza, un curso que nunca imaginé poder tomar, impartido
por arqueólogos de renombre y con recursos digitales de vanguardia.
Del cine y la televisión
A pesar de todas estas impresionantes alternativas, hay
quienes no abandonamos el hábito de la lectura y nos las ingeniamos para seguir
robándole tiempo al día. En el cine, aparecen increíbles películas, videojuegos
y series de televisión basadas en libros, con efectos especiales espectaculares
y sumamente entretenidos. Sin embargo, para nosotros, los lectores, estos son
solo complementos a la lectura y, que a veces, lo único que parece coincidir
entre el libro y su adaptación es el título.
Por cierto, a veces la primera impresión de algunos
personajes en las películas o series de televisión puede resultar aterradora,
especialmente cuando sus representaciones no coinciden en absoluto con las
descripciones de los libros, como ocurre con Harry Potter, Fundación o Ready
Player One. Pero, en fin, eso es parte de la magia del cine. Con el tiempo, la
mayoría de la gente termina asociando primero a los personajes con las imágenes
de los actores, en lugar de con las descripciones de los autores. Esto es algo
a tener en cuenta si se quiere platicar sobre el tema con alguien.
Aclaro que no tengo nada en contra del cine; hay películas
muy buenas e incluso algunas que considero superiores al libro, como la versión
de 1968 de El planeta de los simios, Mary Poppins o Jumanji. También hay otras
en las que tanto el libro como la película (considerando sus limitaciones de
tiempo) son muy buenos, como El país de las sombras largas, Narnia: El león, la
bruja y el ropero o Blade Runner. Más adelante, compararemos algunos libros con
sus diversas versiones cinematográficas. También hablaremos sobre series de
televisión; hay algunas que intentaron apegarse a los libros, otras que
comenzaron de esa manera y, con el tiempo, se alejaron, y otras que solo
tomaron el título, el tema y algún que otro personaje, para luego hacer con
ellos lo que quisieron... y a veces no les salió nada mal. De estas tres
categorías, tenemos algunas increíbles, como Las nuevas aventuras de
Huckleberry Finn, Gambito de dama, Juego de tronos o Fundación.
Dejando de lado todo lo que quitan, cambian y añaden entre
un libro y una película, la principal objeción que los lectores suelen tener al
ver una película o escuchar un audiolibro es que deben poner la mente en
"modo de apagado" y concentrarse en lo que está sucediendo. Si se
intenta analizar alguna escena o diálogo, se pierde el hilo de la trama (y,
claro, nadie va pausando y pausando para hacerlo). El libro, en cambio, te da
total libertad. Puedes reflexionar en todo momento sobre lo que acabas de leer,
ponerte en contra de la escena, discutir con los personajes, imaginar
alternativas, intervenir en la historia, regresar a pasajes anteriores o
simplemente dejar que tu mente vuele. Y cuando la mente vuela, pueden suceder
cosas maravillosas.
Últimos comentarios
Antes de terminar, quiero mencionar algunas cosas que a veces se dicen sobre los lectores: que somos viajeros del tiempo y el espacio, que habitamos múltiples vidas, exploramos mundos infinitos y nos fusionamos con las mentes de personajes de todas las épocas. Leí que las películas pueden lograr algo parecido... quizá sea cierto, aunque suele suceder con el cerebro ‘casi’ en modo de apagado.
La lectura nos permite trascender los límites de nuestra
existencia, sumergiéndonos en realidades que, de otro modo, no podríamos
alcanzar.
Algo muy triste es el caso de los prospectos a lectores que nunca llegaron a serlo. Algo así como tocar el cielo y luego soltarlo. Igual y algún día platicaremos sobre ello.
¡Que tengan la mejor de las suertes!
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